Externarios

Tendría poca esperanza de sobrevivir si fuera benévolo con mi propia obra, rezumando una y otra vez las mismas sensaciones, el mismo perfil de líneas y formas.

No puedo abandonar los pinceles con las manos limpias, desgajando las capas secas de los mangos de madera como si me hubiese acostumbrado. Sin ser capaz de hacer únicos cada uno de los instantes en que mis manos esbozaban con un lenguaje distinto, una emoción y una plenitud que era de por sí escasa.

Se cierran las cajas de los bártulos porque pierdes el instinto, la necesidad y la energía necesarias para enfrentarse a una colección nueva, aunque ya hubiese publicado en octubre de 2020 el libro “Chamanes”.

No sería fiel a la realidad si renegara de tres obras que quisieron arrancar esta nueva aventura: “Titanes”, “la aparición de Dios” y “el fauno”, con esa fuerza que reconocía de antaño, y que marcaban la estela de una fuente capaz de socavar el pasado, confortando la necesidad de buscar en la materia nuevas formas espectrales, retorcidas y alienadas.

Al menos les puse nombre: “Externarios”, una palabra que Vicente Aleixandre utilizó para referirse al poeta Federico García Lorca; “este ser externario”. Aquel que emerge de la oscuridad con un mensaje, con un propósito.

“La danza de los externarios” es pues un título y una idea maléfica que jamás se me tuvo que ocurrir, y más cuando había transcurrido apenas cuatro meses desde que finalicé la colección “chamanes”, poderosa en su argumentación estética y agotadora en todo lo demás.

Lo que bien empieza, bien acaba”: Dicho folclórico poco usado hoy en día que expresa la importancia del esfuerzo inicial. Que todo aquello que se hace bien desde el principio, estará también bien finalizado.

Es muy inquietante suponer las cosas, no conoces a los artistas desde el burladero. Todos somos sonambulistas descubiertos con las manos manchadas temblando de pies y manos para poder ser creíbles. Paul Aster escribió el libro “To Reach the Clouds” en homanaje a Philippe Petit atravesando la cuerda floja entre las dos torres gemelas de Nueva York. Allí estábamos todos, sustentando su cuerpo para no precipitarnos al vacío, donde nadie se acuerda de ti.

Buscar puede ser sinónimo de investigar o indagar, y lo contrario tiene esa maledicencia social que da desistir o abandonar, dejar de lado las cosas que no nacen, como fetos inmaduros, ciegos y sordomudos. Aquellos espectros incipientes tenían la clave de bóveda de una nueva colección, sosteniendo un juego sutil, a través de la penumbra, como elogio a las sombras que Junichiro Tanizaki nos desvelaría magistralmente en sus escritos. A veces como un simple relato, que profería a través de la estética tradicional japonesa una claridad bella y robusta de las cosas insignificantes, desprovistas de un pedestal grandilocuente.

“Vivir entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla”, con esa insistencia pertinaz con la que José Luis Borges renunciaba a toda claridad deslumbrante y cegadora, incapaz de preservar un secreto. Cuando escribió “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” en 1940 como relato de ciencia ficción, describía una visión filosófica particular del universo, como una alegoría de la imposición de un puñado de tiranos racistas a un mundo sometido. La misma que inspiró a los nazis y a Adolf Hitler, dejándonos al borde de las tinieblas.

Que capacidad tiene el ser humano de resurgir del abismo más tenebroso y oscuro, recomponerse en un mundo devastado por la crueldad y el odio de los verdugos donde aún hay esperanza.

Cuando terminó la segunda guerra mundial la vida tenía que afrontarse para todos, y los escritores se alimentaron de cenizas. Algunos poetas alemanes como Erich Kästner se postraron sobre la tierra: “La tierra por fin estaba en silencio y satisfecha y recorría, totalmente tranquila, su conocido camino elíptico”.

— ¡No tienes por qué precipitarte! — pensé, ya llegará tu momento, la culminación esperada de una vida de sacrificios. ¡Todos mentían mientras les dabas pan y vino!.

La madre le dijo al hijo que ella plancharía los calcetines desollados. Me dejó en silencio. ¡Dejadme un lienzo que tenga tanto amor!, que deje la verdad con tan pocos trazos, huérfanos de vanas estridencias. ¡Ese será mi triunfo!, mi alcázar, mi semblante digno de un fiero conquistador.

Uno debe seguir la palabra intuición, aquella que te estira de la pernera del pantalón con todas sus fuerzas. Las figuras chamánicas de mi anterior colección cubrían en su eje vertical todo el ritual de vida y muerte, alzando solemne el gesto altivo del orante con los brazos abiertos en cruz, incapaces de gesticular una palabra que no fuese a su dios.

Que sencillo es mover una palabra de sitio, a veces una idea o una ilusión infantil, los chamanes, rígidos y persistentes se resistían con todas sus fuerzas a abandonar su heráldica presencia en el lienzo. Abnegados y firmes dejaron en mí un último alarde de poder, con una cicatriz dolorosa que comenzaba en mi necesidad y terminaba en la suya.

No es fácil mostrar a los demás una obra que carece de raíces. Rubén, aquel profesor perspicaz de la escuela de arte reflexionó mucho antes de contestar: —¡Es un tótem animal, eres tú mismo renaciendo de la penumbra! —Me dijo. Se quedó tan ancho y me dejó a mí masticando sin agua una idea muy atrevida. Su padre, el pintor de sueños lúcidos Pepe Rubio Pacheco, inscrito en un bello poema dedicado, resolvió la pregunta con inquietantes silencios: ¿En qué lugar del tiempo, la luz liberó a la oscuridad del miedo?

Las manchas de color verde lima flameaban adyacentes como grafos alrededor de la figura totémica, algo desplazada hacia la izquierda. Una danza de seres retorcidos como fetos inmaduros recorrían el fondo oscuro, desvelando veladuras ocres y púrpuras.

Antonin Artaud lo expresaba mejor a su manera: “El fuego de lenguas. El fuego tejido en flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se abre como un vientre que está por parir, con entrañas de miel y azúcar”.

Mi inconsciente no tenía la menor intención de pedirme permiso, y una retahíla de obras nacieron sin formas definidas, como pareidolias de seres que quieren existir. “El regreso de la luz es siempre un placer aciago. Hay un estrépito de seres que no conocen la luz ni la anhelan”; ¡Qué bien lo expresó mi amigo orcelitano Jose Luis Zerón Huguet!, con esa alianza antigua que tienen los pintores que aprenden de poetas grandes.

El papel washi traslúcido o Shoji realza la belleza con un efecto tamizado de la luz, desterrando la claridad deslumbrante que impide el enigma de las sombras, donde los externarios se adivinan.

Yo los he visto nacer, reclamando su existencia entre los esbozos de carboncillos, con las tizas rotas entre mis dedos, arrastrando con vigorosidad los pigmentos ocres, formando veladuras limpias de impurezas. Atisbo sus pequeñas manos abiertas, sus primeros sollozos, el amor incipiente que nace en un mundo frágil y descarnado, incapaz de perdonar la inocencia.

¿Quién habla en nombre de los inocentes?, de aquellos seres inmaculados de la vida que cargan con un destino incierto, con una cruz demasiado tediosa y plomiza como para creer en ella.

Nacen las obras sometidas a los cánones de belleza de una sociedad que lo agota todo, sin preguntar siquiera por su legítimo valor. Yo presencié en mí la metamorfosis de las máculas, sus gritos agonizantes por engendrar formas legibles y duraderas, los sollozos de un lienzo tembloroso con el pálpito de mis manos quebradizas, de mi memoria perdida, donde el poeta granadino recitaría sus últimos versos: “Y el mar recordó ¡de pronto!, el nombre de todos sus ahogados”.

Son los primeros pasos, las primeras palabras que dejan la colección de arte con el nombre de un ruiseñor enterrado en el silencio de las sombras, donde danzan los seres externarios, arropados por la indiferencia del mundo antes de desaparecer para siempre.

Emilio Vieites Aguiar. Marzo 2021.

EL RESUCITADO

Apretujados uno contra el otro para tratar de resistir el frío, con la cabeza vacía y pesada a la vez, en la mente un torbellino de recuerdos enmohecidos. La indiferencia embotaba el alma. ¿Aquí o en otra parte, qué importaba? ¿Reventar hoy, mañana o más adelante, qué importaba?

La noche se hacía larga, larga como para no terminar jamás”.

La noche. Elie Wiesel. 1958

Un velero acorazado viró por avante con todo el velamen desplegado, alejándose de ti, postergando su existencia al mismo tiempo que la mía. No es triste vivir sin nombre, ni mucho menos morir con él. La claridad está en el significante, revelando su poder con ese bastión poderoso y solemne que es ser llamado.

Los cuerpos se arremolinan frente a la entrada del hospicio esperando una mano abierta que no sea la suya. Un eco majestuoso y profundo resuena en el cielo de los enmudecidos con la promesa de una verdad que solo comprenden los ausentes. Todos lo somos, tarde o temprano.

Aquella madre se aferró al cuerpo de su hijo Juan cuando todo era esperanza, con ese vaivén grotesco e inicuo que es despedirse de un inocente. ¡Dime ahora quién recita el verso lúcido con la voz de los ahogados!, con esa terrible indiferencia que es dejar una habitación desierta.

Las palabras no tienen sentido cuando eres un cuerpo, el pan y la sopa son la rutina de una sombra que no encuentra su vientre. ¿Dónde estás ahora amigo mío?. Elie Wiesel hizo a Dios culpable en un juicio que dejó a los orantes fervorosos y agazapados en una barraca de madera sucia. Hoy los ojos, tus ojos, se mueren sin testigos ¿Quién habla en nombre de la barbarie?

Tengo la sensación de haberme precipitado en demasiadas agonías. Las certezas se sostienen con breves instantes crepitando nuestros huesos con una plegaria muda frente al espejo. “Escucha mi voz singular que te canta en la sombra, con la voz vieja de la juventud de los mundos”, con esa indolencia asumida con la que Leopold Sedar exaltaba la dignidad del fracaso de los hombres que nacen sin un propósito.

Todos somos vivos o muertos, inefables bajo la timidez de las formas que ya no son, o no son en verdad como eran, y sin embargo, persistentes, nos dejamos rescatar con el murmullo de un recuerdo que nos conforta y nos aleja de nosotros.

Los creadores también se obstinan en confortarse con sus obras, con la complacencia que es ser padre y madre de un hijo nacido a nuestro antojo. ¡Qué triste debe ser asumir con tanta frivolidad nuestra grandeza!. Lo suponemos todo, hasta nuestras miserias. Los trazos nacidos de la vanidad tienen una benevolencia absurda que regocija a la mayoría.

Los pasos que uno recuerda, aquellos primeros pasos recelosos con los que pretendía erigir un nuevo altar de colores y formas se vislumbraba en la penumbra de forma lenta e indolora, fluyendo por un manso declive. El mismo con el que José Luis Borges definía la vejez hacia la eternidad de las cosas que desaparecen para siempre.

¡Qué tendrá el asombro que deja los pinceles resucitados!, con ese carácter febril y desdichado que tienen los enfermos de alzheimer que no dejan de reconocerse. Aquella nueva obra: “el resucitado” se obstinaba en confundirme, atrincherada en su complejidad se precipitaba en un equilibrio aciago y rotundo que nadie tiene por qué entender. ¿Qué esperas de una obra que no comprendes?

Emilio Vieites Aguiar. Martes, 13 Julio 2021

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El resucitado.Colección externarios 2021.